Críticas


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Escoria

 

 

Dramaturgia y Dirección: José María Muscari

Actúan: Noemí Alan, Liliana Benard, Héctor Fernández Rubio, Osvaldo Guidi, Julieta Magaña, Paola Papini, Marikena Riera, Gogó Rojo, Willy Ruano, Cristina Tejedor

 

 

“… y el eco de la gloria duerme en un placard…”

 

Por Néstor De Giobbi

 

 

“¿Qué habrá sido de la vida de ….?”… “Huuuyyy…. ¿Te acordás de …?”

 

Estas preguntas, tantas veces escuchadas familiarmente o entre amigos, parecen haber sido el disparador que activó en José María Muscari la idea de rescatar y homenajear a aquellos nombres que, desde la televisión de los setenta u ochenta, se convirtieron primero en imágenes cotidianas, luego en entrañables recuerdos, y tal vez mañana en desdibujados fantasmas. La “caja boba” y su temible “máquina de picar carne” los transformó en material descartable. A veces, con suerte, reciclable. Otras…ni eso: Solo…escoria. El sub-producto de un proceso donde el resultado final es poco claro y difícil de reconocer.

 

Con esa línea directriz, el transgresor director reunió a once personajes (en rigor, Personas, con la mayúscula que el respeto les impone), para que jueguen un crudo y delicado juego de “revival”, debatiéndose entre las glorias pasadas de su mejor momento, y su realidad del “aquí y ahora”,  (por usar una terminología tan afín al actor). Y el contraste es una comedia trágica. Una confesión descarnada entre los pasajes más brillantes de pasados esplendores,…y el dolor de ya no ser.

 

Once actores, y las diversas criaturas animadas por cada uno de ellos que los llevaron al reconocimiento popular décadas atrás, organizan un cumpleaños (humilde,…patético, del que toman parte los espectadores) para honrar a un enigmático productor (“Dino Escoria”,… o Gino, o Pino, o Tino ,…o algo así, ya que ni ellos mismos se ponen de acuerdo al respecto), con la esperanza de que este les consiga un contrato, un trabajo que los devuelva a la vida. Porque la realidad, es que “esa” es su vida, y no el “modus supervivendi” que cada uno ha adoptado a partir de la extinción de su estrella. Aquella vida que solo les da el ser reconocidos por el afuera, al escuchar el pedido de un autógrafo, el sorprenderse cuando alguien les ofrece compartir una foto…

 

Y lo más terrible es que todo, absolutamente todo lo dicho y actuado, se reconoce como autobiográfico, real, sin eufemismos; Historia pura de once engranajes de la maquinaria de la televisión argentina, hoy desmontados, y peleándole la batalla al óxido que los acecha.

 

Es así que, al alternarse en el uso de un micrófono que oficia como confesionario, choca escuchar a Osvaldo Guido, contando como la maldición del Martín Fierro cayó (también…) sobre él, o a Willy Ruano, definiéndose como Transportador Turístico Empresarial, para no agobiarse con el mero rótulo de remisero. Reconforta ver a Gogó Rojo, aún vital y entusiasta,  dando unos pasitos coreográficos y hasta animándose a un casi topples, …conmueve ver a Fernández Rubio pidiéndole de nuevo el guardapolvos a Efraín, para despedir a las “blancas palomitas” de la Srta. Jacinta, …pero más duele escuchar a “la tana” Noemí Alan, que dejó atrás su tapado de piel y su tanguita, para poner un criadero y guardería de perros en su casita de Hudson, y así hacerse “unos pesitos cuidando los perros de la gente de plata cuando salen de vacaciones”.

 

Tal vez el principal mérito de Muscari no pase por la dramaturgia, (limitada al pretexto del cumpleaños para permitir la exposición pública de los protagonistas), sino por el carácter de reconocimiento y gratitud por los buenos ratos entregados por estos y otros tantos trabajadores de la televisión, que indudablemente quedaron para siempre integrados a nuestro ayer.

 

Hay que verlos. Volver a verlos. (No verlos por “Volver”)

 

Es justo y necesario…

 

 

 

 

 

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