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La mejor solución

 

Dramaturgia y Dirección: Hernán Morán

Actúan: Valeria Giorcelli, Mayra Homar, Augusto de Vera, Elsa Blaise, Miguel Di Lemme, Fernando Atías y Andrés Giardello

 

Casi… la única solución”

 

Por Néstor De Giobbi

 

La tarde del domingo viste de soledad las calles de Buenos Aires. El barrio del Hospital de Clínicas prepara el clima para sumergirse en un submundo de seres marginados, inmovilizados.

La asistente de sala introduce a los espectadores por tortuosos laberintos (¿…“El Tunel”?...) del Centro Cultural Ernesto Sábato, para desembocar finalmente en el espacio teatral. La atmósfera es opresiva, deprimente. El penetrante olor de un sahumerio de incienso preanuncia la necesidad de alguno de los personajes de aferrarse a lo religioso, lo sobrenatural, como salvavidas en un mar terrenal que acorrala.

El mundo de esas cuatro paredes contiene y asfixia a dos matrimonios, el muy enfermo hijo de uno de ellos, y la abuela de ambos hombres, a la vez hermanos. Y ese pequeño mundo es, más bien, un doméstico infierno, donde las llamas del Dante fueron reemplazadas por la miseria, la frustración, la burla descarnada al otro, y sobre todo la imposibilidad absoluta y decretada de poder cambiar algo. Como mínima rendija por donde puede filtrarse el único y pálido haz de luz, aparece en escena un modesto maestro de esperanto, aquel idioma que no pasó de ser un frustrado intento por lograr la comunicación universal del hombre, ambicionando convertirse en “la mejor solución” a tal fin.

Hernán Morán toma aquel objetivo histórico y lo resignifica al servicio de su trama, valiéndose para eso de actuaciones mayoritariamente logradas, (varias de ellas con picos intensamente verosímiles), una escenografía a la vez realista y virtual, que combina objetos tangibles con muros simbólicos, los cuales permiten observar por transparencia la simultaneidad de situaciones vividas en los distintos ambientes de la casa. La iluminación, sin recursos extraordinarios, conduce al espectador por el derrotero de la obra.

 

El final (obviamente, incomentable en salvaguarda de la historia) produce el extraño efecto de sorprender para, un segundo después, dejar caer en la cuenta de que era, más que la mejor solución, …“La Única solución”.

 Al volver a la calle, las veredas vacías parecían parafrasear a Pedroni, con aquello de:

Tristezas del domingo, la soledad me agobia; Y de improviso siento la pena singular de que, sin conocerla…yo he vivido esa historia, y en este mismo instante, la he vuelto a recordar…”

 

 

 


 

 

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